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Demasiado fuerte para tomarlo solo
Competencia, febrero de 2002

En 1994, en un ensayo aparecido en la revista La Caja, Héctor Schmucler lamentaba la falta de vigencia de Héctor A. Murena: "Pocos recuerdan su nombre. Sus libros son prácticamente inhallables. Existen, como una cofradía, algunos para quienes Murena es el inspirador de sus reflexiones. Son casi iniciados. ¿Por qué el olvido de Murena?". La pregunta carecía —y probablemente siga careciendo— de respuesta.
Se trata de un autor al que se conoce mucho menos de lo que exigiría su importancia, y que al mismo tiempo, en los últimos tiempos, ha conseguido despertar mayor atención o notoriedad, en Argentina, de lo que parece permitirlo la accesibilidad a sus obras, en su mayoría agotadas desde hace años.
Murena nació en 1923 y murió en Buenos Aires en 1975. En su obra frecuentó todos los géneros: el ensayo, la novela, el cuento, la poesía y el teatro. Pocos días antes de su muerte había publicado El águila que desaparece, un libro de poemas sumamente extraño, parco, seco, que como detalle encantador carece de paginación. Dejaba también una obra póstuma, Folisofía, con la que pensaba cerrar el ciclo narrativo "El sueño de la razón", iniciado en 1969 con Epitalámica, y a la que habían seguido Polispuercón (1970) y Caína muerte (1971), novelas éstas, de lectura independiente, con las que pretendía sumar su nombre al de Goya, Apuleyo, Quevedo, Jonathan Swift, El Bosco, Sade y los anónimos autores de las gárgolas medievales, es decir, la de aquellos que por medio de la monstruosidad caricaturesca intentaron expresar su nostalgia de la Ciudad Celestial cada día más ausente de este mundo. Folisofía (neologismo que puede entenderse como "sabiduría de la locura") es su obra más irreverente y extrema. Su lectura pone de manifiesto muchas burlas, pero el principal burlado es el idioma mismo, ya que la novela está escrita, de punta a punta, en un español macarrónico del Siglo de Oro, pero también es burlada esa literatura basada en juegos intertextuales, pasatiempos verbales, y el abuso tan comercializado de lo sexual y la violencia a los que, después de Joyce y su Ulises, son tan dados los escritores contemporáneos. Su obra ensayística está enteramente signada por la pretensión programática de que sus trabajos sirvieran para componer una especie de "autobiografía mental" (es decir, tratando de esclarecer su posición en el mundo en que le tocaba vivir). Su credo puede resumirse en "pensar para acabar con el pensar". "Nos afanamos pensando para alcanzar una vida que será cabal por haberse liberado de la obsesión del pensar", dirá en el prólogo a La cárcel de la mente. Asiduo colaborador de la revista Sur, en poco tiempo se volvió el más joven inconformista. Cuando en 1949 Victoria Ocampo pensaba editar un libro acerca de Lawrence de Arabia, ¿Qué piensa usted sobre Lawrence?, Murena, desde las páginas que ella misma dirigía, le sugirió, ante la urgente necesidad de palabras directas sobre nosotros mismos, otro titulado ¿Qué piensa usted de Sarmiento? Siempre al margen de cualquier rúbrica establecida, leía (y leía bien) y traducía (y traducía bien) a Walter Benjamin, Adorno y Horkheimer cuando lo que debía leerse era Sartre y los estructuralistas. Es por eso que sus jóvenes contemporáneos no lo leyeron, fuera del canon provisorio de esos años de esperanza. Demasiado nihilista, demasiado metafísico, demasiado místico, demasiado elitista.
Murena (fanático admirador de Martínez Estrada) se propuso atacar la problemática nacional desde una óptica netamente americana. En uno de los libros que suscitaron tal vez más polémica, El pecado original de América, que muchos tildaron de inepto, porque no aportaba soluciones inmediatas, Murena arribaba a una tesis. Nosotros, decía Murena, los americanos, cargamos sobre nuestras espaldas un segundo pecado original, dado que hemos sufrido una doble expulsión: del Paraíso y de Europa. Para Murena, el mestizaje americano es más de orden mental que racial, y surge del enfrentamiento con un ambiente histórico extraño, y afecta tanto a los indígenas como a los recién llegados de Europa, indiferentemente de color de piel. Atacaba a la sociología, "supuesto sistema de conocimiento que se titula científico porque se funda en cifras estadísticas". A partir de Homo atomicus Murena asumió un punto de vista más universal, hasta llegar, con su último libro, La metáfora y lo sagrado, a reflexionar acerca de los problemas fundamentales del arte, la música, la literatura y la pintura, pero encarados en relación con sus fuentes religiosas.
Veintitrés años después de la publicación de su última novela, Folisofía, en 1998, el silencio en el que se hallaba sumido se rompió con la primera reedición de esa obra, publicada por Eudeba. Este año, la editorial Corregidor publicó otra novela, Polispuercón, y anuncia, antes de fin de año, la aparición de su Poesía Completa. El Fondo de Cultura económica acaba de publicar una antología de su obra, una visión globalizadora que incluye una novela, cuentos, una selección de ensayos (entre los que se encuentran los aparecidos bajo el título La metáfora y lo sagrado) y poesías. En España, la editorial Pre-Textos anunció, para marzo de 2002, la aparición de Los penúltimos días (un diario aparecido en la revista Sur, escrito "con decisión criminal y con íntima voluntad de santo", pero aplicando ese espíritu a la consideración de los acontecimientos públicos más que a los privados). Y la editorial Octaedro, de Barcelona, publicará antes de fin de año Ensayos sobre subversión. En Italia, la editorial Irradiazioni, de Roma, está ultimando la traducción de Homo atomicus, libro que aparecerá en las librerías italianas en octubre de este año.
A su obra es aplicable el siguiente aforismo de Kurt Tucholsky, el escritor satírico de los años de Weimar: "Es como el extracto de carne: demasiado fuerte para tomarlo solo, pero que dará sabor a muchos caldos en el futuro".
Muchos de los que hoy lo leen están de acuerdo con la última parte de esta afirmación.